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Lo que no pueden perdonarnos
Alfonso Chase
La
historia real de Costa Rica apenas está escribiéndose
desde múltiples vertientes y con diversos ojos interesados,
buscando establecer espacios entre el pasado y el futuro, más
no es un esfuerzo conjunto, sino en multitud de voces aisladas.
Ya era hora de ponernos en cintura. De homologarnos, de liquidar
la clase media, de transformar la educación en un nuevo mercado,
la salud en un pingüe negocio, las telecomunicaciones entregarlas
a las grandes corporaciones mundiales, los recursos ambientales
a las transnacionales. Todo vendido por un plato de lentejas.
El problema real ha sido siempre de índole
política. En esa diferenciación que nos perfila como
pueblo nación y como conglomerado humano, de singular perspicacia,
en el conjunto de las naciones. Somos, muchas veces, la oveja negra
de que hablan los cuentos infantiles, el Tío Conejo que inmortalizara
Carmen Lyra, o el ornitorrinco, nunca visto, pero adivinado como
expresión de la mayor fantasía creadora. De allí
que no se nos perdone el Pacto Social Fundamental de Costa Rica,
o Pacto de Concordia, original manera de combinar el Siglo de las
Luces, la Ilustración y el pensamiento de los Padres Fundadores
de los Estados Unidos, a la hora, tan temprana para algunos, de
darnos gobierno en fecha tan remota como 1821. No se nos perdona
la victoria de los republicanos sobre los anexionistas, y el genio
previsor de don Gregorio José Ramírez, levantando
una horca en la Plaza Central para imponer orden y definir autoridad,
gesto borrado de los textos escolares con singular miopía,
e interesado orden de ideas.
No se nos perdona, quizás, la presencia
de Braulio Carrillo, de voluntad de acero, para definir el estado
nacional, abolir los diezmos y luchar contra el poder del clero
y asumir la plenitud de nuestra soberanía, como par entre
los pares. Menos aún se nos puede perdonar el fusilamiento
de Francisco Morazán, no por sus ideas políticas,
sino por su arrogancia de imponer, desde nuestro propio territorio,
una unión que no era propiciada por las mayorías,
las mismas que lo trajeron, y nos hicieron tomar consciencia de
que en una casa en llamas no es lo mejor darle paso al incendiario,
con máscara de apaga fuegos. Indudablemente que les molesta
don Juan Rafael Mora, con su mirada previsora hacia el norte y cualquier
destino manifiesto que no fuera el nuestro, enemistado con las familias
paniaguadas, que impusieron a su cuñado hasta que don Tomás
Guardia, tan calumniado, puso orden, otra vez, e impulsó
el progreso. Y el paso luego de los liberales, el orgulloso Olimpo,
con la mirada en Europa y el sentido de hacer gobierno entre charrales
y callejuelas y mucho les molestó don Mauro Fernández,
cuando entendió que la educación y la cultura serían
las bases del futuro. No podrían hacernos sujetos de perdón
en la lucha contra los gamonales pretorianos (González Víquez,
dijo) repartiendo guaro y chilillo contra las espaldas de los peones
para acumular votos y comprar tierra de pobres. Nunca han podido
entender la lucha de los auténticos liberales por buscar
el orden y el progreso, como una divisa de transformación
y no sólo como un instrumento de bandería política.
La historia real de Costa Rica apenas está
escribiéndose desde múltiples vertientes y con diversos
ojos interesados, buscando establecer espacios entre el pasado y
el futuro, más no es un esfuerzo conjunto, sino en multitud
de voces aisladas. De allí que muchas culpas son en verdad
aciertos, y en desarrollo de las ideas no podemos juzgar, desde
el presente, lo que se ha edificado con las ideas y barruntos del
pasado. Claro que hemos sido un mal ejemplo para algunos, dentro
y fuera del país. Las reformas sociales de los años
cuarenta, la reapertura de la Universidad, la Fundación de
la Segunda República, con la abolición del ejército,
el impuesto del 10% al capital, la nacionalización bancaria,
la expansión de la educación, la creación del
ICE, el papel del Estado Solidario, la educación pública,
la salud en manos del Estado, la política exterior relativamente
independiente, que nos ha dado una cierta singularidad de no ser
tan República Bananera como las otras, con sus tiranos de
papel y sangre, sus manos blancas y negras, las familias heráldicas
transformadas en 14 o 15 oligarquías, y su tajante e irreconciliable
plutocracia, ahora extendida a cada rincón de Centroamérica.
Indudablemente que somos un mal ejemplo. Ya era
hora de ponernos en cintura. De homologarnos, de liquidar la clase
media, de transformar la educación en un nuevo mercado, la
salud en un pingüe negocio, las telecomunicaciones entregarlas
a las grandes corporaciones mundiales, los recursos ambientales
a las transnacionales. Todo vendido por un plato de lentejas, para
estar a la altura de un proceso mundial fundamentalista de imposición
de mercado, cuando en otros lugares, no tan distantes, suenan las
dianas de alguna transformación en ciernes.
No se necesita conocer mucho de la historia. Quizás sólo
aquello que se enseña en casa, se mama de la sangre del espíritu,
en una severa petulancia que nos hace diferentes, como, si en medio
de todo lo existente, pudimos edificar un país con perfil
propio y una nada cibernética de dos millones de personas
hablando tonterías por teléfono móvil y un
millón de computadoras manejadas por analfabetos funcionales,
que sólo leen dos libros al año, cuando menos.
Evidentemente que ya no somos un país de labriegos o agricultores.
Estamos entre el imperio de los plutócratas y las pechugonas,
de los imbéciles con doctorados académicos, de los
burócratas y los tecnócratas, o como decía
Karl Krauus, de su Viena de principios de siglo: “un territorio
que se descompone entre la fanfarria de los juegos artificiales
y las risas cascabeleras en los festines elegantes”. Un país
en donde el inglés básico substituye la elocuente
voz de la herencia castellana. O un país de ciegos donde
el Tuerto es rey.
Tomado de La Prensa Libre (07/08/2006)
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