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Para que el Periodismo recupere su Alma
Recientemente
asistí al Congreso Lationoamericano de Ética de la
Comunicación, que se llevó a cabo en la ciudad de
Bogotá, Colombia. Gracias al apoyo del SIICE, tuve la dicha
de compartir con comunicadores institucionales y representantes
de los medios de comunicación de diferentes países
tales como Bolivia, Colombia, Venezuela, Chile, Brasil, Argentina,
Italia, Ecuador, México entre otros.
El congreso duró tres días y su objetivo
general era “Establecer el estado de la Ética en el
ejercicio de la Comunicación y de ésta en los Medios”
lo cual fue todo un reto, tratándose de la extensa gama de
experiencias que los participantes compartimos en las mesas de trabajo.
Estimados lectores, a manera de resumen les dejo
lo que en la mencionada actividad se abordó:
En el mundo de la comunicación por las pantallas
y las primeras páginas, como por una pasarela, desfila el
ser humano, apenas superior a los ángeles en unos casos,
o muy inferior a los animales, en otros. Lo ético es lo humano,
es el respeto a la vida de las personas pero contradictoriamente
lo más terrible que existe es el ser humano, que de su gran
ingenio creador puede surgir tanto el bien como el mal.
Los debates éticos que siguen en las presentaciones
de las historias sórdidas, giran alrededor de lo correcto
o lo incorrecto en la difusión de estos temas. Cuando se
escuchan los argumentos y contra argumentos, queda la sensación
de que ser ético es ajustarse a un reglamento de buenas maneras.
Es la misma razón que se aduce cuando hay desnudos o cadáveres
desfigurados de por medio, lenguaje burdo, agresiones verbales,
calumnias o acusaciones sin sustento en los medios tradicionales
o en la red de Internet. Tras esas conclusiones de la discusión,
surge una pregunta: ¿Hay alguna diferencia válida
entre un código de ética y uno de policía?
El primer desafío ético para el periodismo
de éste y de los otros continentes, es entender la diferencia
entre un código ético y uno de policía, que
es tanto como diferenciar la ética de las leyes, asunto a
primera vista conceptual pero, cuidadosamente examinada, esa confusión
tiene inesperadas consecuencias prácticas. La ética
es distinta porque nadie la impone, no nace de una presión
exterior sino que es una autoimposición que se da como resultado
de una presión interior que debemos llevar escrita en nuestra
naturaleza humana.
Como un soberano ejercicio de su libertad, el periodista
que decide llegar a hacer un periodismo de excelencia, adopta unos
valores y principios éticos distintivos de su profesión.
Convertido en legislador de sí mismo, asume el control de
su vida profesional y sigue el rumbo que está escrito, no
en leyes ni en reglamentos, sino en su naturaleza y en la de su
profesión.
Los reglamentos, los códigos, las leyes
en general son transitorias, referidas a situaciones específicas
y cambiantes. Son elementos prescindibles. La multiplicación
de las normas éticas degrada a la ética porque la
aproxima al lenguaje de los códigos de policía y de
los reglamentos. Los valores éticos, por el contrario son
tan permanentes como la naturaleza humana, pero no estáticos.
Cada uno de esos valores es un referente de las posibilidades del
hombre. La ley señala errores, fallas posibles, infracciones
o delitos. La ética indica las posibilidades de todo hombre.
El periodista, como persona y como profesional,
encuentra en la ética la formulación de sus posibilidades.
Los códigos de ética guían, como brújulas;
pero cada persona descubre sus posibilidades y las convierte en
su deber ser.
La confusión entre los códigos éticos
y los de policía o cualesquiera otros reglamentos se erige
como un sólido obstáculo para el crecimiento ético
y técnico de los periodistas, porque lo ético aparece
tan transitorio y relativo como lo legal; pierde lo ético
su carácter universal y permanente y se extiende la concepción
de que, como las leyes, lo ético puede ser derogado, reemplazado
o sustituido por otros códigos y reglamentos; o que debe
cumplirse sólo cuando hay la presión o presencia de
una autoridad.
La confusión da lugar, además, para
que a su sombra prospere la idea de que la ética restringe
o suprime la libertad del periodista puesto que la normas que prohíben,
por ejemplo, la violación de la intimidad ajena, o que ordenan
el rigor investigativo, o la pluralidad y diversidad de fuentes;
restringen temas, publicaciones o tratamientos noticiosos de hechos
y de personajes. La confusión impide ver a la ética
periodística como el máximo ejercicio de la libertad.
O, como dijo Antonio Marina: les “cuesta trabajo pensar que
la ética no es el marco de las prohibiciones, sino la máxima
expresión de la creatividad humana.”
La Identidad Profesional
Al hablar de identidad profesional, nos encontramos con que los
códigos no detienen los abusos, pero acompañan como
guía a los honestos y a los que quieren serlo. Esa característica,
débil en muchos periodistas, requiere una preparación
y un alma que defina el ser de la profesión.
¿Cuál será la forma de recuperar
la identidad profesional? Si el gran desafío ético
de América Latina es fortalecer la identidad profesional,
la respuesta no puede ser otra que la ética como alma de
esa identidad.
Es un hecho que muchos dilemas éticos nacen
de la evidencia de la contradicción entre el deber ser de
unos medios hechos para humanizar y la realidad cotidiana de una
información que deshumaniza; por eso éste es un reto
ético que crece a medida que la tecnología avanza
y los medios se pliegan, sometidos a la fría lógica
empresarial.
Al periodista como ser humano le corresponde el
quehacer de adquirir humanidad y es precisamente la tarea más
genuina que debería realizar un medio, pues todos los valores
éticos son posibilidades humanas. De ahí que el mayor
servicio que se le puede dar a las masas es dotarlos de conocimientos
útiles y verdaderos con los que puedan decidir libremente
y a partir de la honestidad. Pero para que el periodismo recupere
su alma, más que brindar el conocimiento, es el amor que
el periodista le tenga a la sociedad.
Licda. Lilliam Loría Montero
Comunicadora- Funcionaria CNFL
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